• Juan Guerrero N.

2 escalones al cielo: Creer y padecer

El versículo que inspira esta meditación es "Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él" (Filipenses 1:29).


Conozco a un niño que a los 10 años recibió a Cristo en su corazón como Salvador. Su reacción espontánea fue buscar a Dios día a día para conocerle aún más. Profundizándose en la lectura bíblica, en la oración, al oír los sermones y experiencias, descubrió la necesidad personal de recibir una porción gloriosa del Espíritu Santo. Cuando Dios respondió su oración y le bautizó con su Santo Espíritu, lleno del gozo de la salvación dispuso su alma para evangelizar, partiendo por sus propios compañeros de escuela. Para esto, en su bolso escolar, agregaba además de cuadernos y libros, su nuevo testamento y tratados de literatura cristiana para regalar. El enemigo del alma, deseando apagar la llama de su devoción por Dios, motivó a algunos de sus compañeros, quienes con burlas le tomaron, le golpearon y luego le tiraron a un basurero, diciéndole: esto te pasa por ser evangélico. Al salir del basurero, sacudiéndose ante todos y limpiando su ropa, el niño asombrado exclamó silenciosamente: ¡y pensar que estoy sufriendo por ti mi Señor! Y es que este niño consideró que lo ocurrido era demasiado hermoso y sublime para él.

Cuando el ser humano, mediante las distintas experiencias de conversión, cree en la existencia de nuestro trino Dios, ingresa por la puerta salvadora de la gracia, para recibir el don más glorioso que del cielo ha descendido sobre el ser mortal, la salvación del alma. En esto se cumple lo dicho por el apóstol Pablo al carcelero de Filipo "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa" (Los Hechos 16:31). Sin embargo, el acto de conversión basado en el creer, no se fundamenta tan solo en creer en la existencia de un Dios, que es lo que comúnmente se hace y se piensa, sino más bien, en creer en un plan divino de redención en que el Dios Padre, por medio de su hijo amado Jesucristo brinda al pecador arrepentido un nuevo nacimiento, que le conduce a hacer la voluntad de Dios y no la propia. Esto es prueba de la salvación, dado que el mismo Señor dijo "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mateo 7:21). Consideremos además que el creer podría ser tan superficial, que la misma Biblia señala, "Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan" (Santiago 2:19). Por tanto, es fundamental, que frente a las múltiples enseñanzas que promueven un evangelio de prosperidad, de emociones humanas positivas y libre de sufrimientos, el cristiano considere su real calidad de creyente. ¿Es usted un creyente con actitud positiva frente al padecimiento? ¿Ha desarrollado la capacidad de sufrir por Cristo? ¿Cuál es la medida de sufrimiento que podemos soportar? El creer y el padecer son dádivas concedidas por Dios, la primera para ser salvos por gracia y la segunda para someter a prueba nuestra fe y experimentar el mismo conflicto del apóstol Pablo. ¿A qué conflicto me refiero?, a aquel que el apóstol expresa en el capítulo 1 de los Filipenses, verso 21 y 22: "Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger". Un creyente que ha comprendido la importancia del padecer, aun deseando vivir en la gloria, no puede renunciar fácilmente a su labor por el evangelio.

La iglesia de Filipos fue conformada en el segundo viaje misionero de Pablo, con sus comienzos narrados en el libro de Los Hechos capítulo 16. Es la primera iglesia conformada en Europa, caracterizada por su alto nivel de organización interna estableciendo ancianos y diáconos, con miembros pertenecientes a distintas clases sociales que demostraron su amor y generosidad hacia el apóstol Pablo, sus colaboradores y la obra evangelizadora. A ellos Pablo deseo transmitirles la importancia de entender que el padecer por Cristo es fundamental, ya que no es producto de llevarnos bien o mal con otros, ni de nuestras capacidades sociales para hacer amigos o enemigos, ni de que tan buenos o malos somos; sino más bien, los padecimientos son concedidos por Dios, "Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él" (Filipenses 1:29). Aún con sus virtudes y buen testimonio, era necesario que los filipenses comprendieran la importancia de creer y padecer; pero a causa de Cristo. No es lo mismo sufrir por nuestras causas o intereses personales, por nuestra desobediencia o por la consecuencia de nuestras culpas. Lo que tiene bienaventuranza es padecer y sufrir por la causa del Señor, "Mas también si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis" (1 de Pedro 3:14).

Creer y padecer, se transforman en verbos esenciales en la vida y actividad del cristiano que entiende su peregrinaje hacia los cielos. Y así como lo deberían entender los Filipenses y como lo entendió el niño de 10 años de nuestra historia inicial, así hoy la iglesia debe creer y padecer, entendiendo que por muy terrible o dolorosa que sea la experiencia, nada se compara con la vida gloriosa que Dios manifestará a todos los salvos por gracia, "Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse" (Romanos 8:18). Por esto, el mismo Jesús advirtió a sus discípulos, sobre el grado de negación personal al cual deberían llegar, "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame" (San Mateo 16:24) y con claridad señala el riesgo inminente que sufrirá el que menosprecia tomar la cruz del padecimiento, "Y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí"(Mateo 10:38).


Pablo muy tempranamente aprendió que el creer sería acompañado del padecimiento; se lo profetizó Ananías y él mismo lo reconoce cuando señala "Salvo que el Espíritu Santo solemnemente me da testimonio en cada ciudad, diciendo que me esperan cadenas y aflicciones. Pero en ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios" (Los Hechos 20:23-24). Para él era fundamental la labor evangelística, no importando el sufrimiento que acompaña a esta labor "Y en verdad, todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos"

(2 Timoteo 3:12). Por esto, deseaba preparar a los Filipenses, para la gran persecución y prueba que debería padecer la iglesia del primer siglo; maltrato, persecución, cárcel, azotes, desmembramientos, hogueras y fieras, entre tantos otros crueles tormentos. Por esto, él les enfatiza "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece" (Filipenses 4:13). Por tanto, no sólo Dios nos da la fe para creer, sino también el padecimiento para sellar nuestra fidelidad con él, para templarnos frente al fuego de la prueba. De la misma manera en que no somos humanamente dignos de creer, sino más bien por gracia de Dios, así también no somos dignos de sufrir por él; comprender esto es la clave para no desmayar en el dolor, entendiendo que "... de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación (2 a los Corintios 1:5). ¿Recuerda al niño de 10 años?, él se sorprendió de que Dios le permitiera vivir la experiencia de padecer y sufrir por su causa. Fue demasiado hermoso y sublime para él.

¿Quiere ser más que un simple creyente? ¿Desea avanzar a un nivel espiritual más elevado?, pues deberá vivir algunas experiencias que humanamente serán dolorosas y pruebas de debilidad, "Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios" (Los Hechos 14:22); más se transformarán en manifestaciones gloriosas del poder de nuestro Dios, al grado que usted se gozará frente a la experiencia dolorosa, tal como lo vivió el apóstol, "Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2 a los Corintios 12:10).



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