• Juan Guerrero N.

¿A que nivel debo amar a mi prójimo?


Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado.

San Juan 15:12.



Frente el versículo de meditación, viene a mi mente el momento en que Jesús el Señor fue tentado por los fariseos frente a una pregunta, que tenía como probable objetivo, cuestionar su capacidad como maestro o Rabí, como era reconocido, sobre todo por algunos principales; notemos el caso de Nicodemo en San Juan capítulo 3 y la manera respetuosa de expresarse a este joven maestro, que poco a poco iba llamando la atención y ganando fama entre los Judíos, con una forma diferente de enseñar, dado que con él había una autoridad jamás vista ni oída entre los demás maestros de la ley. Esto se relata en Mateo 22:34 al 40, donde el Señor demostró de que mandamientos dependía toda la ley y los profetas, es decir la Torá y los libros proféticos.


La pregunta fue realizada audazmente por un intérprete de la ley, quién silenciando probablemente el entorno, le pregunta al maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? (San Mateo 22:36). Todos conocían la cantidad de mandamientos y la diversidad de leyes mosaicas establecidas. Pero la respuesta del humilde maestro fue breve, profunda, pero ampliada a un segundo mandamiento, “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (San Mateo 22:37-39). Lo primero que nos queda muy claro es que nuestro “todo” debe amar a Dios: esto que a veces resumimos en un mismo elemento, en el cual, en forma reduccionista, combinamos el corazón, la mente y el alma, diciendo que es una misma cosa. Sin embargo, nuestro Cristo, como Dios omnisciente lo separa o disgrega, a fin de que entendamos el verdadero “todo” en su complementariedad: el corazón con nuestros afectos y emociones, el alma donde se establece y confirma nuestra relación espiritual con él y la mente con todos nuestros razonamientos y saberes. Amar con “todo”, exige la complementariedad de lo señalado, transformándose en el primer y grande mandamiento. Pero Jesús, no dando término a su respuesta, agrega un segundo mandamiento que primero describe usando el adjetivo que expresa las características o propiedades de este, llamándole “semejante”, es decir, parecido, similar, comparable o idéntico, siendo algo que nos debe llamar la atención, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.


Este segundo mandamiento no difiere de lo primero, es tan importante como amar a Dios. Por esto Juan nos dice, “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?, Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Juan 4:20-21). Lo llamativo, es que el Señor precisó que al prójimo lo debemos amar como a nosotros mismo, ¡Muy extraño para algunos! Primero se trataba de amar a Dios, luego al prójimo y finalmente, se nos insta a analizar el amor por nosotros mismos. Y esto es porque sencillamente, quién no se ama, no puede amar a su prójimo. Esto tiene relación con el autoconcepto, es decir, la opinión o imagen que tenemos de nosotros mismos. También se relaciona con la autoestima, es decir, cuanto nos apreciamos y como nos valoramos o sentimos con nosotros mismos. Pero lo principal, es que se relaciona con el autocuidado, es decir, hacernos parte, responsables de nuestro cuidado, tomando control sobre todas las variables, las cosas que pueden beneficiar o afectar nuestra vida. ¿Debemos amarnos?, ¿Debemos cuidarnos? Dios nos enseña a cubrir y proteger nuestro cuerpo humano, con su ejemplo protector en Génesis al brindar ropas para Adán y Eva, también Pablo el amado apóstol señala, “Porque nadie aborreció jamás su propio cuerpo, sino que lo sustenta y lo cuida, así como también Cristo a la iglesia” (Efesios 5:29). Aún en estos tiempos de Pandemia, ¿cuántos cristianos mirando en poco el riesgo, presurosamente se sintieron invulnerables, olvidando que Dios nos ha dado una responsabilidad sobre nuestro cuerpo, que es su creación? Y no me refiero a quienes accidental o inconscientemente han enfermado, sino a quienes conscientemente no gustan en acatar las recomendaciones y exigencias brindadas. Lo mismo respecto a cualquier otro problema de salud, debemos tener la conciencia de autocuidarnos. Otra razón por la cual cuidarnos, es que no somos nuestros, ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? (1 Corintios 6:19).


Pero lo más supremo, quizás extremo y terrible de esta meditación, es que el nivel que Dios nos exige para amar a nuestro prójimo no es solo amarle como nos amamos a nosotros mismos. Usted puede decir, yo tengo un muy buen autoconcepto de mi mismo y eso me permite tener autoestima positiva y un autocuidado adecuado para protegerme y prevenir enfermedades, accidentes u otras amenazas; por tanto, podré amar a mi prójimo de buena manera. Esto siempre y cuando no haya egoísmo, u otro problema donde solo piense en usted y sus intereses, ¿Verdad? Pero el verso de meditación señala, “Que os améis unos a otros, como yo os he amado”. El máximo nivel de amor al prójimo es amarle como nos ama Jesús el Señor.


Que sabio es el Señor, nos lleva de menos a más. La exigencia, es amar a nuestro prójimo, como el Señor nos ama; y él nos amó hasta la muerte, “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (San Juan 15:13). ¿Cuánto nos ha amado y cuanto nos ama Dios?, ¿Qué haría él si nos viera pidiendo pan en la calle, si nos viera solos en un hospital, si nos viera abandonados en una cárcel, si nos viera en la calle pidiendo una moneda para comer, si nos viera pasando frío sin ropas, si nos viera perdidos sin el conocimiento del evangelio? Lo que él haría por ti y por mí, quiere que hagamos por los demás. Si no sientes la motivación, es porque aún no has comprendido en que consiste ser cristiano; si sientes el llamado a amar, cumple la gran comisión, evangelizando a los próximos y tendiendo tu mano cuando puedes hacerlo.


Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado.

Que Dios nos ayude a amar, como él nos ama día a día, con paciencia, misericordia y compasión. Dios quiere que su iglesia haga mucho más de lo que hasta hoy hemos entendido. Nuestra mente debe ser inspirada por el espíritu Santo a ampliar nuestra mirada hacia la necesidad humana, mayormente en tiempos de crisis mundial.


Que resuene en nosotros la frase, “…como yo os he amado”.

Dios nos bendiga.