• Juan Guerrero N.

Apoyemos a nuestros predicadores

"y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas; que con denuedo hable de él, como debo hablar" (Efesios 6:19-20).




Muchas veces nos sucede que entusiastas enviamos un mensaje para un familiar, amigo o hermano en la fe, esperando una respuesta. Al llamar por teléfono y no poder ser atendidos, esperamos un llamado de vuelta; un correo de respuesta a nuestros mensajes o simplemente un saludo cordial a nuestro saludo y mirada gentil en una mañana cualquiera. Frente a estos y otros tantos ejemplos de la vida diaria, lo peor que nos puede suceder es sentir el rechazo o la mala disposición a recibir nuestro saludo o quizás nuestra presencia. Este mensaje, está dirigido a todo fiel de una congregación, pero fundamentalmente a quienes trabajan con esmero para cuidar del estado de la grey de Dios; que muchas veces son cristianos sin reconocimiento humano, solo poseedores del amor a Dios que les sustenta para sustentar a otros. A quienes eligieron seguir adelante en medio de la adversidad, para cargar con sus propios temores, pero también cargar con la pesada cruz de personas que son parte de muchas congregaciones. Pablo nos enseña a reconocer la necesidad de contar con la ayuda de otros, de contar con el apoyo fundamentalmente en la oración, a fin de poder dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio.

Verdaderamente es importante reconocer que el ser humano, no solo está diseñado para servir de canal o vaso para ser portador y dar, sino también tiene la necesidad humana y social de recibir de otros. Alguien inexperto dirá que Dios suple todas estas necesidades humanas y sociales, pero lo cierto es que las sagradas escrituras, jamás han mandatado al hombre o mujer de Dios para que viva en soledad, ya que desde el principio Dios sabía que "...No es bueno que el hombre esté solo." (Génesis 2:18). El mismo apóstol Pablo supo lo que era experimentar el abandono "Ya sabes esto, que me abandonaron todos los que están en Asia, de los cuales son Figelo y Hermógenes" (2 Timoteo 1:15). Y luego en medio de la prueba y necesidad de ser defendido señala, "En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta. Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león." (2 Timoteo 4:16-17). Y no solo Pablo, sino muchos cristianos que han tenido la labor de ministrar, dirigir, liderar en la iglesia, han debido en la historia de la humanidad, en la historia de la iglesia y en la historia de sus propias vidas, convivir con el desamparo de quienes han estado muchas veces a su propio cuidado espiritual.

En estos tiempos, donde abundan los mensajes, los cultos online, las reflexiones bíblicas y no tan bíblicas, que a veces parecen solo palabras de autoayuda, es importante comprender que el mensaje divino sigue manifestándose al mundo y no puede ser entregado por seres angelicales, como muchos de las iglesias quisieran, ni por medio tan solo de señales prodigiosas, palabras proféticas estrepitosas, amenazantes y emocionales como las que abundan recorriendo grupos de WhatsApp, sino más bien debe ser entregado por hombres, seres humanos, llenos de virtudes y defectos, como es natural y propio de todo cristiano. Aún el hombre y mujer más espiritual, estará sujeto a pasiones humanas con las que debe convivir y aprender a dominar. Pero entre estas pasiones, aparecen las emociones que muchas veces provocan sufrimiento, desaniman y pueden dañar al portador del mensaje de Dios. Sus recuerdos de la normalidad pasada quizás golpean su alma y le hace decir como el salmista "Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí; De cómo yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios, Entre voces de alegría y de alabanza del pueblo en fiesta." (Salmo 42:4). El desánimo, la pena, la angustia, las lágrimas forman parte del curriculum vitae y hoja de vida de todo hombre y mujer de Dios que lidera y ministra por medio del talento, don o ministerio que Dios le ha dado por medio del Espíritu Santo. El mismo apóstol Pablo, le dice a Timoteo, "Doy gracias a Dios, al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia, de que sin cesar me acuerdo de ti en mis oraciones noche y día; deseando verte, al acordarme de tus lágrimas, para llenarme de gozo" (1 Timoteo 1:3-4).

De ahí, la importancia de toda congregación, para que mientras esperan que otros sean portadores de un mensaje divino, sagrado y motivador en tiempos de desesperanza, se esmere el pueblo de Dios en orar por sus iglesias, sus ministros, pastores, guías o cualquier líder espiritual para que el desánimo, las pasiones humanas no hagan desistir de cumplir una labor, que permanentemente es batallada por el enemigo del alma, "Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes" (Efesios 6:12). Siempre se dice que el hombre de Dios debe ser justo como Enoc, trabajador como Noé, de fe como Abraham, manso como Moisés, esforzado como Josué, fuerte como Sansón, espiritual como David, sabio como Salomón, lleno de poder como Elías y Eliseo, etc. A la fecha no he conocido a nadie así, solo el testimonio de Cristo Jesús, varón perfecto en todo y en la iglesia he conocido a hombres humildes, que siendo vasos de barro han amado consagrarse a Dios para ser hechos servidores de sus hermanos, sin buscar honores en el mundo de los vivientes, sino con la esperanza de llevar a muchos por el camino que nos lleva hacia la iglesia triunfante. ¡Que no se pierda esta humildad!, ¡que quienes lideran la iglesia, no sientan jamás señorío alguno sobre ella!; esto sustentará y mantendrá la obra de Dios. Recordando además que no es de nosotros de quien se debe hablar, sino del misterio del evangelio y que como señala Pablo, "que con denuedo hable de él, como debo hablar".

En medio de un culto presencial, se espera el clamor y confirmación de la congregación, ya que esto anima al predicador, le fortalece, le ayuda a mantenerse conectado al rol espiritual que Dios le ha encomendado, librándole de distracciones o errores humanos, cumpliendo el mandato sagrado "Pero tú habla lo que está de acuerdo con la sana doctrina" (Tito 2:1). Pero los medio online, son asincrónicos, es decir se utilizan en tiempos distintos a los que son generados por el predicador, a esto se suma que él no ve una congregación, solo ve una Cámara y muchas veces en la soledad, se dedica a orar, clamar y grabar un audio, que en más de alguna oportunidad debe repetir. Por tanto, la iglesia cumple un gran rol, orar por quienes le apacientan, "Pero os rogamos hermanos, que reconozcáis a los que con diligencia trabajan entre vosotros, y os dirigen en el Señor y os instruyen" (1 Tesalonicenses), ya que muchos cumplen su labor con la mayor dedicación según sus posibilidades, pero a la vez cargando sus propias preocupaciones, problemas, enfermedades, dolores y luchas. Pero la iglesia allí los podrá siempre ver, tratando de sacar adelante la labor que el apóstol Pedro les recuerda "Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey" (1 Pedro 5:2-3).

Amadas congregaciones, oremos por quienes velan por nosotros, sintámonos comprometidos a apoyarles en oración cada día, sepamos entender que tras de sus palabras, meditaciones, devocionales, sermones, siempre hay horas de desvelos, oración, lectura, luchas y angustia. El nivel de estrés humano es normal, pero lo que debemos evitar es que el enemigo del alma siembre el desánimo y agotamiento espiritual, la sensación equívoca de saturación espiritual, creyendo que estamos llenos y que de nada tenemos necesidad, ya que esto nos puede llevar a una pronta pobreza y miseria espiritual, tal como sucedió a la iglesia de Laodicea "Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo". (Apocalipsis 3:17).


Que el Señor nos ayude y bendiga siempre a apoyar a quienes trabajan al frente de la obra del Señor.