• Juan Guerrero N.

¿ERES DIGNO DE SER SERVIDO O SERÁ MEJOR SERVIR?

El más Grande de los ejemplos


"Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis."

San Juan 13:15


En la escena bíblica que cotextualiza la meditación, encontramos al Señor junto a sus discípulos, en una sala. ¡Pereciera que mi mente humana tratara de ver ese preciso momento!, mucho más exacto al que intentó retratar Leonardo da Vinci, en su reconocido mural de La última cena, una obra de 4,6 x 8,8 metros y que ha sido reconocido como patrimonio de la humanidad. La escena bíblica, es mucho más profunda e intensa en cada uno de sus momentos y en el mensaje que nos deja.


Ciertamente, era ya cercana la hora de ser entregado, era la última noche que compartirían el pan y la hermosa comunión que por poco más de tres años habían cultivado. Luego de cenar, decide dar una de las más grandes y profundas lecciones a la raza humana y sobre todo a la iglesia, al cuerpo de Cristo, a las congregaciones de cristianos. El maestro, el Cristo, el Ungido, el Mesías, toma un lebrillo con agua y se dispone a lavar los pies cansados de sus discípulos. El creador del universo lavando a las criaturas, el maestro lavando a los aprendices, el Santo lavando a pecadores, el Dios hecho carne lavando al humano pecador, el Cristo humilde a hombres gobernados aún por sus egos humanos.


El lavado de pies era una tradición oriental que demostraba la hospitalidad del dueño de casa al recibir a sus visitantes. Un gesto de bondad a quienes caminaban con duras sandalias por pedregosos y polvorientos caminos, ofreciendo limpieza, alivio y recuperación a pies cansados, doloridos y a veces heridos. Pero al ser visto como un acto de servicio y dado que no todos los dueños de casa estaban dispuestos a ocupar una posición inferior, brindando un acto de servidumbre, disponían para esto de sus siervos y esclavos. Esto culturalmente, transformó la tradición de lavar los pies en un acto de humillación para el que estaba obligado a cumplirlo. Desde luego, no siempre un hombre libre, tendría el gesto espontaneo de lavar los pies a sus compañeros, a menos que se tratare de una verdadera autoridad u hombre superior o con un reconocido grado honorífico; pues esto le sería de honor. Recordemos incluso, que ni siquiera Simón el Fariseo, siendo religioso y habiendo invitado a Jesús a su hogar, aplicó la tradición de lavar los pies, ni besar, ni ungir con aceite a su invitado; lo que fue rechazado por el Señor (Léalo en San Lucas 7:36-50). Al parecer, los discípulos del Señor, fueron desarrollando la errada idea de competir por sentirse superiores entre sí, llegando al punto de preguntar un día al Señor sobre quién es el mayor en el reino de los cielos, frente a lo cual, la respuesta basada en el acto de la humillación y en la noble e inocente presencia de un niño, fue clave, "Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos" (San Mateo 18:4).

Esto nos deja una automática enseñanza; Quien es siervo y sierva de Dios, también es capaz de servir a sus hermanos, al punto de adoptar la posición o actitud de un ser humillado. Pero si tan sólo busca ser servido, se aleja del gran ejemplo del maestro y salvador. Hay que entender que la palabra siervo, no se refiere tan solo a quienes ejercen el Pastorado, sino a todo redimido que entiende que debe servir a Cristo como Señor y Rey, no importando la labor, las funciones, los cargos que pueda tener o no tener en una iglesia, sea niñito, joven, adulto o un anciano. Reorientemos nuestras vidas, nuestros pensamientos, actitudes y emociones para seguir el gran ejemplo del Señor, basando nuestro servicio en la verdadera humildad, no mediante actitudes u obras que escondan orgullo y vanidad, sino la que nos hace sencillos como la paloma "...sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas" (San Mateo 10:16).

¿Cuál es la capacidad que tenemos de servir a otros? ¿Somos ejemplos de humildad? ¿somos víctimas de nuestro ego y orgullo? Note lo que Pablo enseña a la Iglesia naciente en Roma, “Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno"(Romanos 12:3). ¡Qué importante llamado de Dios a la cordura! Que no nos suceda lo de Saúl, a quién el mismo Samuel le dijo "Locamente has hecho" (1 Samuel 13:13). Avancemos a un nivel más alto de espiritualidad, dejando nuestra humanas y vanas pretensiones, nuestros altos conceptos de sí mismos y enfrentemos nuestras arrogancias, acercándonos un poquito más al máximo nivel de humildad, mirando a los demás como a superiores a nosotros mismos, conforme a la recomendación apostólica, "Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo" (Filipenses 2:3)

El máximo nivel de humildad se alcanza cuando alguien alcanza la plenitud de Dios. Eso era lo que el maestro tenía, la máxima plenitud del Padre, que le llevó a ser obediente hasta la cruz en el calvario, bebiendo la copa amarga de la muerte y muriendo en medio de pecadores. Es que debemos claramente notar, que no ostentó otro lugar más alto que sus amados, sino prefirió postrarse ante ellos para tocar y lavar sus pies con sus tiernas manos, "el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,

sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Filipenses 2:6-8).

¿Qué nivel de esta plenitud tenemos? Sirvamos a otros con amor, amabilidad, gentileza y con la verdadera humildad, aquella que nace del corazón, no buscando el reconocimiento ni el favor humano, sino haciendo todo como para el Señor, conforme a la verdad del evangelio.