• Juan Guerrero N.

Nuestra porción es Dios

Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre. Salmo 73:26.



Si se nos reparte un trozo de torta o pastel, no hay duda que querríamos la mejor parte; en la vida cotidiana, en la vida espiritual, en la vida en general, por sobre todo lo que nos puede tocar, la mejor porción o la mejor parte, es Dios; Porque él es todo.


El salmo 73 contextualiza nuestro verso de meditación, en un momento muy difícil para el escritor. Una de esas crisis que muchos quizás hemos en más de alguna vez tenido que combatir y a la vez, hemos debido aprender a enfrentar en la vida cotidiana. Léalo completo y con detención; en él se confronta la realidad construida por el hombre, según lo que cree u observa y la realidad que nos enseña a comprender Dios.


Las palabras del Salmista denuncian, lo que aparentemente es una realidad frecuente en la vida cotidiana, no solo en su tiempo, sino también en nuestros días, en pleno siglo XXI. Mientras los que procuran agradar a Dios, buscan refugiarse en el buen actuar conforme a la sagradas escrituras, vivir en el temor de Dios y en la inocencia propia del cristianismo, quienes no profesan la fe, mantienen una aparente vida de prosperidad, bienestar, vigor, soberbia hacia la vida, violencia en sus palabras y acciones.

Todos queremos ser prosperados en la vida, como señala el salmo 1, prosperados en todo sería nuestro ideal. Pero la obsesión o tendencia poco saludable para el alma de vivir comparando los logros de la vida con quienes no sirven a nuestro Dios, podrían llevar al alma a sufrir una crisis espiritual, que le hará enfermar y luego desfallecer. Esto es lo que está sufriendo el salmista, está desfalleciendo por juzgar presurosamente según lo que aparentemente observaba. Reconoce su estado diciendo, “Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre”.


La expresión “mi carne” alude a su cuerpo, incluyendo probablemente el estado de su salud corporal; en cambio el corazón, representa su alma, su vida espiritual. En otras palabras, todo su ser, está desfalleciendo por esta inestabilidad emocional, que le causa saber que otros prosperan más que él, siendo que él se considera mejor, mucho más bueno ante Dios. Y pese a que el mismo Señor, se negó a ser llamado bueno, porque bueno es solo nuestro Padre que está en los cielos, sabemos que, en el antiguo testamento, el concepto bueno se refiere a quienes amaban la justicia de Dios, procurando cumplir sus mandamientos y ley. El mismo Job, fue considerado justo por Dios. Lo importante, es que, en medio de estas confrontaciones del alma, frente a la realidad, aprendamos siempre a enfrentar el desánimo, el desfallecimiento, teniendo a Dios como nuestra roca segura y como nuestra porción, “Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre”.


Actualmente, es importante reconocer que muchas veces el cristiano anciano, adulto, joven y a veces niño, olvida que su porción o su parte en la vida es Dios y se compara a si mismo con quienes no son cristianos y viéndolos en esta aparente mejor condición de vida, se duele, sufre y tiende a dar distintas exclamaciones. En el caso del salmista en este mismo capítulo 73, reclama diciendo “Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón, Y lavado mis manos en inocencia”; como queriendo decir, ¿de que me ha servido privarme de la contaminación espiritual? ¿De que me ha aprovechado cuidar y limpiar mi vida espiritual en la inocencia?


Pero nosotros, amados en el Señor, ¿Podríamos asegurar que ha sido en vano limpiar nuestro corazón? ¿Qué ha sido improductivo para nuestra vida espiritual y salvación? Esto se coincide con el pensamiento de Israel, cuando no comprendiendo la diferencia que existe para Dios entre el justo e injusto, reclamó diciendo: “Por demás es servir a Dios. ¿Qué aprovecha que guardemos su ley, y que andemos afligidos en presencia de Jehová de los ejércitos? Decimos, pues, ahora: Bienaventurados son los soberbios, y los que hacen impiedad no sólo son prosperados, sino que tentaron a Dios y escaparon” (Malaquías 3:14 y 15).


Sin embargo, esto que le fue difícil entender a Israel y los llevó a pecar contra Dios en tiempos de Malaquías, también lo experimentó el escritor de nuestro salmo de meditación. No lograba comprender la razón del porqué el justo vivía una vida más sufrida y menos próspera en relación con los malos. Hasta que, entrando al santuario de Dios, su mente es iluminada para comprender que nuestro Dios, aunque no hace acepción de personas, siempre será justo para recompensar conforme a las obras. Frente a la comprensión de esta realidad, el salmista exclama en el verso 17 al 19 de este capítulo 73, diciendo “Hasta que, entrando en el santuario de Dios, Comprendí el fin de ellos. Ciertamente los has puesto en deslizaderos; En asolamientos los harás caer. !!Cómo han sido asolados de repente! Perecieron, se consumieron de terrores”. En el caso de Israel del tiempo de Malaquías, esto fue comprendido al volverse a Dios y ser perdonados de su pecado “Entonces os volveréis, y discerniréis la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve” (Malaquías 3:18).


Habiendo comprendido que, por el descuido de sus comparaciones, había dañado su alma e inclusive su propio cuerpo, producto quizás del estrés y ansiedad, el salmista se vuelve a Dios con el ánimo de reconocer su error y la falta de sabiduría. En el verso 22 le vemos exclamar diciendo “Tan torpe era yo, que no entendía…”.


Verdaderamente, los pensamientos del hombre, muy alejados de los altos y sublimes pensamientos de Dios, tienden a la torpeza, a la falta de sabiduría para juzgar sobre las cosas de la vida. En forma abrupta y torpe ante Dios, un cristiano se podría comparar con sus vecinos, familiares, compañeros de trabajo o estudio que no sean cristianos y dejarse llevar por la apariencia de que son felices y en todo más prosperados.


Aparentemente, toman mejores decisiones, son astutos para alcanzar mejores beneficios, festejan cada logro humano, pronunciando con soberbia palabras presuntuosas, orgullosas, tratando de demostrar con vanidad éxito y prosperidad. Frente a esto, un cristiano no puede ser un espectador que construya admiración, envidia, dolor ni mucho menos desfallecimiento; sino más bien debe aprender a luchar con sus propias emociones, valorando la gran obra de salvación y las múltiples bendiciones divinas que a todos nos han alcanzado. No podemos creer que bendición es sinónimo de dinero y que el cielo es un banco del cual surgen nóminas o pago generosos a nuestra cristiandad.


No hermanos y hermanas, comprendamos que, aunque viviéramos la experiencia del justo Job de perder aún todo lo recibido, siempre que tengamos a Dios con nosotros, no importarán las carencias de bienes temporales. Porque “Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre”.

Procuremos siempre la salud de nuestra alma, sin desfallecer por la falta de sabiduría en nuestras experiencias de la vida cotidiana, comprendiendo que nuestra porción es Dios.


¡¡¡Dios nos bendiga!!!

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