• Juan Guerrero N.

Producir y dar como hijos de Dios

“Hermanos míos, ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce” (Santiago 3:12).




El versículo es una pregunta y una afirmación. El capítulo tercero de Santiago es un ilustre reconocimiento de lo difícil que es para los seres humanos dominar la lengua, esto es tener dominio sobre la forma de hablar, pero a la vez, es un claro llamado a la coherencia espiritual, a fin de que exista relación evidente entre lo que somos y lo que producimos o damos. El primer punto, esto de dominar la lengua o de hablar como corresponde a hijos de Dios, se relaciona directamente con el dominio propio, que debe tener un hombre y mujer convertida al evangelio. El segundo punto, que se refiere a la coherencia espiritual, es el punto central de nuestro versículo de meditación.


El apóstol Santiago o Jacob como era conocido entre los hebreos, fue hermano del apóstol San Juan y uno de los testigos más cercanos del Señor Jesús, junto con Pedro y Juan, siendo uno de los pilares, guías y lideres doctrinales más eminentes de la iglesia apostólica, con una autoridad y sabiduría reconocida entre sus propios pares, como es el caso del mismo Pedro y Pablo. Santiago, al dirigirse a los hermanos, a la iglesia cristiana que está en pleno nacimiento y desarrollo inicial, observa probablemente una disgregación entre lo que eran y lo que producían o daban. Y note usted que uso ambos verbos que el mismo versículo nombra en forma textual, “… ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce”. Producir frutos de la tierra, como las aceitunas e higos y dar agua, salada o dulce.


Frente a esto, vemos que el llamado claro, evidente y que para los cristianos del siglo XXI debe ser considerado un llamado actual y vigente, es un llamado a ser coherentes con nuestra naturaleza cristiana. Imagino que, de esto, había aprendido muy bien Santiago aprendiendo directamente de nuestro Señor, del cual tuvo que haber oído decir, “Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos” (Mateo 7:17 y 18). Esto indica que, según la naturaleza del árbol, serán sus frutos, declarándose un importante principio cristiano. Este principio infalible, nos permite asegurar que un árbol bueno siempre producirá o dará buenos frutos, en cambio el árbol malo siempre dará malos frutos, siendo imposible que brinde lo contrario.


Esta conclusión permitiría según el mismo Señor Jesucristo, que los apóstoles, los discípulos y hoy nosotros, podamos discernir, comprender o descubrir cuando nos encontremos con falsos profetas, cuando dijo “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.” Y luego de explicar los principios anteriores respecto a arboles buenos y malos, agregó “Así que, por sus frutos los conoceréis” (San Mateo 7:15 y 20). He aquí la importancia de reconocer la coherencia entre la naturaleza del hombre y sus obras, hechos o palabras como enseña Santiago, ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Insisto mis amados, en que esto es clave y fundamental para el desarrollo del discernimiento espiritual.


El sentido de la coherencia es una cualidad importante en una persona sana. Permite establecer relaciones que son mentalmente lógicas y libre de afirmaciones contradictorias; por ejemplo, nadie esperaría cosechar manzanas de un peral y nadie pretendería pescar vacas en el mar. Pero ¿Por qué no? Porque simplemente no es lógico y es contradictorio. Entonces una persona coherente, actúa en forma lógica, no contradictoria, siendo consecuente en sus ideas y en lo que expresa. En un cristiano, sus palabras no contradicen su actuar, en otras palabras, hace lo que dice, pero también dice lo que hace.


Esta coherencia es fundamental en la vida cristiana, por esto Santiago insiste en la idea central de esta meditación al agregar “Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce”, refiriéndose a que no se puede con la misma boca bendecir y a la vez maldecir al prójimo. Y cuando pareciera faltar capacidad para dominar una situación, el mismo apóstol sugiere “Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Santiago 1:19).


Pero más allá de limitarnos a la falta de coherencia entre ser cristiano y hablar como un no cristiano, es necesario que esta palabra y espejo divino, permita que nos observemos desde lo más superficial a lo más profundo de nuestras vidas, ¿Cuan coherentes somos en nuestras obras, nuestros hechos, nuestros pensamientos, nuestras intenciones? Lo que hablamos, hacemos y pensamos, ¿tiene coherencia con el ejemplo del Señor y con lo que aseguramos ser?


Un nacido de nuevo, un verdadero cristiano, un discípulo real, un salvado, vive una vida coherente con el ejemplo de Jesús y con la doctrina cristiana, basada en las sagradas escrituras. Si se posee una naturaleza renovada, si se vive en el espíritu, hablará, hará y pensará lo bueno, correcto y santo, haciendo la voluntad del Señor. Pero si vive conforme a la carne, dominado por el mal, hablará, hará y pensará lo malo, siendo imposible dar buenos frutos, aunque se esfuerce humanamente y pretenda encubrir su naturaleza espiritual; todo lo oculto, siempre saldrá a la luz. En el caso de un cristiano real, siempre dará buenos frutos y debe tener claro que es imposible que produzca buenos y malos frutos, “…porque ninguna fuente puede dar agua salada y dulce”.


Vivir una vida cristiana superficial, sin conversión, viviendo en la carne, brinda una naturaleza pecaminosa que nos aleja de la meta que Dios nos ha establecido, me refiero a la vida eterna. Pablo señala a los Gálatas, “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; más el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gálatas 5:7 y 8).


Dios nos pide velar por ser cristianos verdaderos, vivir en el espíritu y ser totalmente coherentes con lo que nos pide Dios. No existe la salvación a medias, simplemente somos o no somos salvos. Pero lo que somos, siempre será revelado por nuestras obras o frutos y otros verán a través de estos, si somos o no somos buenos arboles de Dios. De la manera que vemos esto en otros, otros lo pueden ver y discernir en nosotros. De acuerdo con lo comentado, podemos y debemos responder a la pregunta diciendo no puede la higuera producir aceitunas, ni la vid higos. Tampoco una fuente puede dar agua salada y dulce.



¡¡¡Dios nos bendiga!!!

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