• Juan Guerrero N.

Protección divina a quiénes aman a Dios.

“Jehová guarda a todos los que le aman, más destruirá a todos los impíos”.

Salmo 145:20.


La vida humana, desde los primeros días de su fecundación, en la vida intrauterina, inicia un proceso de desarrollo que no está libre de diferentes tipos de riesgos. El que ese embrión llegue a ser un feto y luego un recién nacido, ha requerido de diferentes cuidados de la madre durante 40 semanas de gestación. Pero por sobre todo cuidado, de un proceso biológico, de formación, crecimiento y maduración, en que ha actuado protegiéndonos la soberana voluntad divina, ya que Dios es el autor y dador de la vida. Cuando pasamos por esta etapa inicial de nuestras vidas y luego en otras en que éramos niños, lógicamente no teníamos conciencia de quienes éramos, de nuestra vida, de los demás, ni mucho menos de la existencia de nuestro Dios. Era un tiempo que, sin tener conciencia de la existencia de Dios, menos podríamos haber expresado amor por él. Sin embargo, fuimos guardados, no por nuestro amor por él, sino por su glorioso amor por nosotros; este fue un tiempo en que, frente a nuestra inconciencia e ignorancia humana, prevaleció su amor por nosotros. Por esto, el apóstol Juan nos dice “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 de San Juan 4:10).


Pero ¿cómo hemos respondido a este amor? ¿cómo ha reaccionado nuestra alma frente al amor maravilloso de nuestro buen Dios? Ciertamente, muchos le rechazábamos, le despreciábamos, no queríamos nada con el evangelio, mucho menos con nuestra iglesias, pero el día en que Dios se manifestó a nuestras vidas, sacándonos la venda espiritual que nos segaba, descubrimos a un Dios que es superior a toda creencia, religión o costumbre piadosa, Dios se nos presentó como un padre amoroso y frente a su amor fuimos vencidos, se derribaron nuestros argumentos humanos y nació un gran amor por él. Al conocerle ¿Cuál fue nuestra reacción? El mismo capítulo de Juan dice “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 de San Juan 4:19).


Y es en esta nueva vida, esta vida cristiana, en que nuestra alma posee amplia conciencia de la obra divina y frente a esta conciencia, es que Dios ahora pide que le amemos. Y en tiempos de diversos peligros, riesgos amenazas o preocupaciones, su promesa es clara, diciéndonos “Jehová guarda a todos los que le aman…”. ¡Que hermosa y bendita promesa!, Dios es nuestro guardador, nuestro protector, nuestra fortaleza, nuestro Castillo Fuerte, pero el único requisito en esta etapa consciente de nuestras vidas es que amemos a nuestro buen Dios.


Amar a Dios, se convierte entonces en la mayor garantía de su promesa. El Salmo 121 en su verso 5 nos dice, “Jehová es tu guardador; Jehová es tu sombra a tu mano derecha”. Es físicamente imposible despojarnos de nuestras propia sombra, ella nos acompaña siempre y no solo va a nuestro lado, sino que nace de nosotros. De esta misma forma actúa nuestro guardador, no yendo solo a nuestro lado, sino habitando con nosotros siempre. Pero recuerde, esta promesa se garantiza en el creyente, cuando mantenemos nuestro amor consciente por Dios.


Entonces amar a Dios, es clave, es el principio fundamental para que seamos guardados de todo mal. ¿Qué tanto amor nos pide Dios?, el mismo Señor Jesús lo dice en San Marco 12:30, “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento”. Quién desea ser guardado por Dios, quién desea encargar a Dios su protección, debe necesariamente amarle con todo su ser, con todas sus capacidades y solo así alcanzará la maravillosa promesa de Dios, “Jehová guarda a todos los que le aman…”. Pero si no le amamos, si nuestra prioridad en la vida no es Dios, si nuestras fuerzas son dedicadas a otras ocupaciones y despojamos a Dios del lugar en que debe estar en nuestro corazón, en nuestro matrimonio, hogar, familia, si no somos capaces de amarle con nuestro servicio espiritual, ofrendando nuestro tiempo a él y a sus servicios, por ejemplo, ¿tendrá la obligación de guardarnos siempre? Sansón, ya no amaba a Dios, cuando descuidadamente dio a conocer el secreto de sus fuerzas, simplemente Sansón se amaba mucho más a sí mismo y a desear satisfacer sus propios deseos humanos y carnales. Escuche bien amado y amada en el Señor, el secreto de la fuerza espiritual del cristiano está en el amar a Dios, “Jehová guarda a todos los que le aman…”.


Un alma que ama a Dios es un alma que rechaza el mal, se autoexige una vida piadosa que sea coherente con la vida cristiana. Hace lo que dice y dice lo que hace, siempre teniendo como suprema guía la Santa Palabra de Dios. El alma que ama a Dios aborrece la maldad, busca lo bueno, cuida su lengua de hablar pecaminosamente, cuida su mente y corazón, para no dar lugar a ideas, pensamientos o emociones que cultiven el pecado. El Salmista en el salmo 97 dice, “Los que amáis a Jehová, aborreced el mal; El guarda las almas de sus santos; De mano de los impíos los libra”.


Teniendo una profunda gratitud, porque Dios por su amor nos guardó en aquellas etapas de nuestra vida en que no podíamos tener conciencia para amarle, hoy debemos cuidar el nivel de nuestro amor por él. Que nada estorbe nuestro amor por el Señor. Ese amor nos impulsa en nuestras debilidades, nos ayuda a ver por la fe a Dios, nos permite priorizarle frente a la tentación, frente a las ofertas y atracciones mundanales, y ante las tantas adversidades que deberemos seguir enfrentando. Amar a Dios es corresponder al más grande de los amores, es compartir nuestra vida, nuestro día a día, nuestras horas, minutos y segundos con el amado de nuestras almas, “Jehová guarda a todos los que le aman…”


Que el Señor guarde a su amada iglesia. Amada hermana y hermano en el Señor, anímese nuestra alma y confiemos en su promesa. Sin dudas, el corresponderá siempre el amor de su pueblo y sabiendo que hemos sido enviados como ovejas en medio de lobos, que vivimos tiempos malos y peligrosos, extenderá su poder y bondad, para que en medio de tanta adversidad seamos guardados bajo la sombra de sus alas.


El deseo de toda novia es estar junto a su novio. La iglesia es la novia del cordero y por este amor glorioso y eterno, un día él la vendrá a buscar para guardarla, ya no de peligros de esta vida, sino guardarla como el mejor tesoro por la eternidad.


El amado está aquí con su iglesia y para él la honra y gloria por siempre.



5 vistas