• Juan Guerrero N.

Qué y de quién somos.

“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 de Corintios 3:16).


El presente versículo es un llamado a no ignorar lo que somos y de quién somos. Somos un templo y pertenecemos a nuestro Dios.


En el norte de Israel, se encuentran las tierras de Cafarnaúm, donde el Señor llamó a pescadores del mar de Galilea, para hacer de ellos pescadores de hombres. En excavaciones arqueológicas del lugar, se encontró un templo octagonal construido hace casi 1.500 años. Pero lo más llamativo, es que, según informa el National Geographic otras excavaciones realizadas en 1968, descubrieron que este templo octagonal se construyó sobre una residencia del siglo I, una casa o residencia privada, que fue aparentemente preparada en forma súbita, en un espacio de tiempo muy ajustado, para congregar a creyentes o discípulos. Sus muros de piedra habían sido enyesados y en vez de hallar utensilios propios de un hogar, se hallaron lámparas de aceites, que probablemente sirvieron para iluminar el lugar de congregación. Un casa privada, que, a pocos años de la crucifixión del Señor, se transformó en un foro de reunión pública. Hay quienes piensan, que pudo haber sido la casa de Pedro u otros de los pescadores y discípulos que se convirtieron y siguieron a Cristo el Señor, durante el primer siglo de la era cristiana. Ellos consideraron importante implementar los primeros templos de adoración, pero no hay dudas que también aprendieron que cada uno de ellos era un templo de Dios.


Así, vemos como la iglesia del primer siglo, mediante hallazgos arqueológicos, nos permite entender la importancia y necesidad de congregarse, ya que era la manera que tenían para revivir los majestuosos momentos en que Jesús estuvo con ellos, haciéndose presente la promesa enunciada por el Señor al decir “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. (Mateo 18:20). La frase “en medio de ellos”, no se refiere solo a que estará entre ellos, sino en cada uno de ellos. “No sabéis que sois templo de Dios”, es llamado a comprender lo comprendido por los primeros cristianos.


¿Cómo revivir esto en nuestros tiempos?

Cristo ha tenido un lugar en nuestra organización, ornamentación y funcionalidad del hogar. Lo que antes era exclusivo de templos, hoy lo vivimos en nuestro hogar. Salas y espacios que se transforman en lugares de congregación familiar, mesas o mobiliario desde donde surge la exhortación, cámaras, pantallas y todo lo requerido para fundar, construir y quizás iniciar claramente un nuevo tiempo en la historia de la actual iglesia de Dios. Nos hemos transformado en la Iglesia online; quedando escrito en la historia, que la pandemia ha dado lugar a nuevos modelos de congregación, nuevas formas de reunirnos, de alabar y adorar a Dios, de predicar, evangelizar y ser evangelizados. La transformación de un hogar en un foro congregacional, lo hemos experimentado muchos que hemos abierto nuestros hogares en ciudades donde no tenemos templos, a fin de congregar la iglesia del Señor; pero la pandemia ha forzado ese cambio de paradigmas y esta práctica surge y se refuerza en quienes, por tener Templos, no lo consideraron nunca una necesidad. Las palaras YouTube, zoom, WhatsApp, grupo, canal oficial, online y tantos otros conceptos son parte del lenguaje cristiano, producto del abrupto y súbito cambio del cual hemos sido testigos. Lo importante es no perder de nuestra reverente adoración aquellas palabras, que más que conceptos, son expresiones nacidas del corazón, como el amén, el aleluya y las glorias a Dios.


En el antiguo testamento, vemos la presencia de Dios, representada mediante elementos físicos. La columna de fuego y de nube en el desierto, el Tabernáculo o tienda donde Moisés intercedía ante Dios, el Arca del Pacto que desde el Sinaí avanza con Israel hasta la edificación del Templo, siendo este último, el lugar de adoración final. Lamentablemente el descuido de la solemnidad, del temor, la reverencia y el amar más la tradición, el costumbrismo, llevó a Israel a mirar en menos el Templo de Dios, tanto que vemos a Jesús reprendiendo a quienes comercializaban en el “Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; más vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Mateo 21:12-13). Notemos como Dios considera a su Templo, llamándole “Mi casa”.


Hoy también es importante cuidar nuestro Templo; pero no me refiero solo al construido en forma física para congregarnos como antes, sino también a lo que hemos realizado en nuestros hogares para adorar a Dios. No podemos estar en un culto esperando bendición, sanidad u otra cosa, si 5 minutos antes estuvimos peleando, discutiendo, murmurando o gritándonos en nuestro hogar; sería muy contradictorio, ¿verdad? Ahora bien, respecto a la relevancia y orden de prioridad, debemos velar por el más importante de los templos. ¿Cuál es este templo?, El mártir Esteban señaló “si bien el Altísimo no habita en templos hechos de mano...” (Los Hechos 7:48), esto que fue tremendamente perturbador para los Judíos, que luego le apedrearon, el apóstol Pablo lo reafirma al decir a los griegos “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas” (Los Hechos 17:24).


Por tanto, todos debemos comprender adecuadamente, que, en medio de la dispensación de la gracia, en el tiempo del desarrollo del evangelio de salvación por gracia, en la era de la iglesia de Jesucristo, Dios no busca un lugar físico donde morar. Dios no se limita a paredes, a murallas, a espacios físicos, a medidas humanas como centímetros o metros, sino más bien, el busca morar en nuestro ser, “para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor,seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:17-19).


Muchas veces olvidamos o ignoramos, que somos el verdadero lugar de habitación o de morada para nuestro Dios, “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 de Corintios 3:16). En nuestros días, nada puede físicamente representar la presencia de Dios en un templo ni en nuestros hogares, nada; ni un amuleto, ni una imagen, ni un objeto. Lo que, si podemos asegurar, es que su presencia sea una realidad en nuestro ser. No necesitamos representaciones de su presencia, sino su presencia en nuestras vidas. Cuidemos lo que hay en nuestro corazón. “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?” (1 de Corintios 6:19).


Termino mis palabras, para recordar ese pequeña casa de Cafarnaúm transformada en templo, donde sus utensilios domésticos se cambiaron por lámparas de aceite; nunca olvidemos que somos templos de Dios, que nunca falte el aceite, símbolo de su Santo Espíritu y la luz de la lámpara que es su Palabra, ilumine siempre nuestras vidas.


Dios nos bendiga.

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