• Juan Guerrero N.

Un mensaje angelical

“que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor”.

San Lucas 2:11.



Es en medio de la noche, en medio de las tinieblas, de la oscuridad, en que Dios siempre nos quiere manifestar palabras de alivio, mostrándonos su luz divina para disipar nuestras desesperanzas, temores y angustias. Tenemos, un Israel pasando, como muchas veces los momentos negros, oscuros y turbulentos de su amplia historia, sometidos a la fuerza y maltrato del extranjero enemigo, que con mortandad invadía sus ciudades, aldeas y hogares. Pero es en medio de la sociedad humilde de Israel, donde Dios manifiesta su voz clara, eterna y consoladora, mediante la aparición de un ángel mensajero, que no llega al palacio de Rey, de principados, gobernantes, ni de religiosos que con autoridad y falta de amor juzgaban al pueblo, sino más bien, es en medio de los rústicos campos, donde trae el mensaje del Rey de reyes, Señor de todos los tiempos a unos hombres escogidos, seleccionados de toda la sociedad en judea. ¡No eran príncipes!, ¡no pertenecían a la nobleza!, sino más bien, a los grupos más vulnerables y desaventajados del pueblo, aquellos que cuidaban las ovejas en medio del campo. Hombres pobres, en lo humano y en lo espiritual, hombres de la clase obrera, quizás sin letras y humildes. Ellos Velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre sus rebaños y de pronto aparece un ángel del Señor, siendo rodeados por la gloria de Dios que les resplandeció. ¿Cuál fue su reacción natural?, La Biblia dice “…Y tuvieron gran temor” (Lucas 2:9).


Inmediatamente el mensajero del cielo, con atención, misericordia y no hay duda de que, con profunda compasión angelical, les dice “…No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo” (San Lucas 2:10). El propósito del mensajero divino no era asustar, atemorizar o incomodar a los pastores testigos y oyentes, no era generar una reacción opuesta al propósito divino, sino más bien atraer su atención para señalarles que era el día señalado para el nacimiento más sublime y maravilloso ocurrido en la humanidad. El cumplimiento de las profecías, el advenimiento del Cristo, el ungido o Mesías prometido, diciéndoles: ““que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor”.


Era sin duda, ¡una gran noticia!, serían libertados y salvos de cualquier opresión, conforme a los designios del Padre celestial, Dios de Abraham, Isaac y Jacob y que ahora se manifestaría a su pueblo amado no a través de un hombre cualquiera, sino a uno que sería llamado el hijo de Dios y a la vez, el hijo del hombre. Pero el mensaje tenía, implícito una noticia que se transformaba no solo en mensaje para el pueblo, sino en un verdadero llamado personal, a cada uno de ellos, al decirles “que os ha nacido”. Notemos que el mensaje textual no dice “que ha nacido” sino más bien “que os ha nacido”, refiriéndose pues a que era un mensaje directo para ellos, señalándoles que ya les había nacido un Salvador. Precisamente, les dice “que os ha nacido hoy”, señalando el día, “Hoy” como el momento del cumplimiento de lo dicho por los profetas.


El acontecimiento divino ya había ocurrido, la profecía estaba cumplida y el mensaje es un llamado personal para entender que el niño nacido, era el Salvador de todos y cada uno de ellos. Pero la invitación divina se extiende, al ver que repentinamente apareció una multitud, que San Lucas llama, “de las huestes celestiales” que alababan a Dios y decía “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (San Lucas 2:14). Esto no atemoriza a los pastores, sino más bien en esta atmosfera de adoración, ven como luego desapareciendo los ángeles, ellos mismos son movidos por Dios y deciden ir a la aldea para ver lo sucedido. Al llegar se encontraron con la señal anunciada por el ángel, María y el niño envuelto en pañales. Luego de haber compartido el mensaje que portaban, todos estaban sorprendidos y maravillados; la misma María guardaba lo oído. A la hora de volver a sus jornadas, las escrituras dicen “Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho” (San Lucas 2:20). ¿Cómo no alabar y glorificar a Dios? ¿Cómo no unirse a las alabanzas celestiales? ¿Cómo no alegrarnos del cumplimiento y fidelidad de Dios para con su pueblo?


Respecto a nosotros, ¿Cómo podríamos pasar por alto este doble mensaje? Primero, debemos reconocer que nos ha nacido un Salvador y segundo, nuestra cristiana reacción debe ser como la de los Pastores, ¡con alegría unirnos en alabanzas para glorificar a nuestro buen Dios! Los pastores, con su boca confesaban que había llegado el Cristo, el Salvador, el Dios hecho carne. El apóstol San Juan dice “En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo” (1 Juan 4:2 y3). Ciertamente podemos pasar del gozo a la advertencia, al comprender que el objetivo de Satanás el diablo ha sido, desde esa noche en Belén, desprestigiar el nacimiento, empequeñecer el plan salvador de Dios, quitar lo glorioso de la alabanza, intentando engañar a los cristianos, para que crean que recordar el nacimiento de Jesús, es un acto pagano, cayendo en contenciones que no conducen ni aportan a la santidad.


Amadas hermanas y hermanos, alegrémonos con confesión de fe y santidad, creyendo que, no importando fechas, lugares, tradiciones de pueblos y familias, que más allá de las luces o de los regalos, o de la apatía personal a conmemorar el nacimiento del Señor, procuremos rendirnos ante el mensaje de Dios a los pastores, “que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor”. Tan solo ese es el mensaje claro y suficiente para comprender y erradicar temores infundados y unirnos a las alabanzas a nuestro Cristo amado, que como Iglesia junto al coro de ángeles, un día podremos en la gloria realizar.

Nadie sea juzgado por conmemorar al Cristo rey, que el espíritu anticristiano, no toque nuestros corazones y podamos con sobriedad y paz tener una hermosa navidad, con la paz de Dios reinando en nuestros corazones.


Que el Señor nos bendiga en gran manera.

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